La cuestión destituyente en las acampadas

Ian Alan Paul

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Las acampadas que han surgido por toda España representan la culminación de meses y años de autoorganización vecinal, un proceso lento y constante de formación de sindicatos de inquilinos que ha alcanzado un momento decisivo en su desarrollo. Este movimiento por la vivienda ha servido de inspiración para muchos, pues ha logrado aumentar la capacidad de la gente común para dar forma a sus propios entornos vitales; una hazaña que contrasta drásticamente con la parálisis que se ha apoderado de la política nacional española, donde el partido de centroizquierda en el poder ha demostrado ser incapaz de confrontar, limitándose en última instancia a gestionar, la miseria característica de la sociedad capitalista, prometiendo poco más que salvar a España de una extrema derecha insurgente. La cuestión que las acampadas deben resolver ahora es si aspirarán a colaborar con el Estado, cayendo así en esa misma parálisis y logrando en el mejor de los casos reformas menores e insuficientes, o si, por el contrario, optarán por fortalecer su propio poder al margen del Estado y de sus partidos: un poder radicalmente destituyente.

La dimensión destituyente del movimiento se ha expresado hasta ahora de forma más destacada en la lucha contra los desahucios, que se ha desarrollado y fortalecido significativamente en los últimos años. Esta capacidad de los barrios para frenar la violencia estatal y capitalista y mantener a las personas en sus hogares es una fuerza que, en última instancia, no busca construir una nueva forma de autoridad, sino más bien mermar y, finalmente, anular la posibilidad misma de que esta exista. En este sentido, aspiran a negar a la policía el derecho a determinar las condiciones de nuestra existencia y, en su lugar, a darles forma nosotros mismos, más allá de la lógica del mercado o del gobierno. Y, ciertamente, ver a la policía retirarse mientras grupos de vecinos se defienden mutuamente con éxito resulta tan inspirador como gratificante. Es precisamente entre los escombros que dejó el fracaso y el colapso de los partidos de izquierda surgidos a raíz del movimiento 15M donde se ha forjado este poder autónomo, el cual combina la acción directa militante con formas territoriales de solidaridad y organización.

Por el momento, las acampadas siguen creciendo, aunque también parecen estar llegando a su propio límite. En sus mejores momentos, ofrecen a los participantes la oportunidad de compartir tiempo y reflexionar con otros, de forjar nuevos vínculos entre sí y, de este modo, generar nuevas formas de poder colectivo. En la organización de cocinas comunitarias, en el placer de habitar un tiempo y un espacio libres del capital y en la defensa exitosa de las acampadas frente a grupos de extrema derecha, cobra forma un nuevo sentido de comunidad y de lo que la vida puede llegar a ser. Sin embargo, al mismo tiempo, cuando las acampadas se presentan como una voz que busca simplemente plantear exigencias al Estado, revelan su debilidad y su falta de poder, limitándose a suplicar que alguien más gestione nuestras vidas y, tal vez, alivie ligeramente un sufrimiento que no hará más que aumentar mientras persista el sistema actual.

En este sentido, existen dos caminos divergentes: uno constituyente, que aspira a influir en el Estado o incluso a formar parte de él, y otro destituyente, que busca desvincularnos del Estado y reducir el poder que este ejerce sobre nuestras vidas. El avance más prometedor en este ámbito son los llamamientos emergentes a una huelga general, una forma de interrupción cuya escala e intensidad superan con creces las de la resistencia frente a un desahucio. Paralizar el funcionamiento habitual de la sociedad capitalista es, precisamente, la condición necesaria para que tome forma otra sociedad, una basada en la dignidad y la autonomía de cada vida. Así, la cuestión destituyente que se nos plantea es si el gesto de la huelga se dirigirá nuevamente hacia el Estado, aspirando tan sólo a obtener alguna concesión temporal o a modificar ligeramente la composición de la coalición gobernante, o si, por el contrario, se alejará del Estado para dirigirse hacia nosotros mismos y nuestras vidas, hacia nuestra propia capacidad de dar forma a una existencia común y libre, en la que todo sea para todos a medida que el capital y el Estado se desvanezcan de nuestras vidas.