Qué placer despertar cada mañana y ver cómo las revueltas se extienden por toda Europa, ver cada vez más personas romper con la miseria de este mundo, y ver la alegría contagiosa inherente a estas rupturas. A primera vista, las revueltas pueden parecer desconectadas y efímeras, como chispas solitarias que brillan en la noche para luego apagarse rápidamente. Sin embargo, aunque cada una esté marcada por las realidades específicas del lugar donde surgen, todas generan un sentimiento compartido que no se limita a un sitio concreto, un sentimiento de que seguimos vivos y de que la vida merece ser defendida, un sentimiento insurgente que circula entre distintos lugares y se acumula en cada uno de ellos. En campamentos, asambleas, huelgas, manifestaciones y disturbios, la abrasiva realidad de este mundo comienza a desmoronarse, mientras que las verdades de otros mundos y otras formas de vida empiezan a expresarse con mayor facilidad y fluidez, susurradas entre amigos y gritadas en las calles, dotando de consistencia a esos sueños y deseos indómitos que, hasta ahora, han logrado sobrevivir a todos los intentos por extinguirlos.
Y, sin embargo, la sensación de alegría que puede hallarse en estas revueltas también nos deja un regusto amargo. Entre cada estallido fulgurante, nos vemos arrastrados de nuevo a una normalidad cada vez más desoladora: el retorno a la miseria del trabajo, la asistencia a exámenes en un sistema escolar en colapso, la preocupación por la siguiente elección desalentadora, y, así, sin conclusión. Esta amargura surge de la realidad de que todos sabemos de sobra que las cosas no hacen más que empeorar, y al mismo tiempo también sabemos que este deterioro puede prolongarse indefinidamente. Una de las tragedias más graves de nuestro tiempo es que la pobreza, los desahucios, las cárceles, la guerra y el genocidio se permitan continuar hasta el punto de ser considerados como algo habitual, constituyendo, ni más ni menos, el fondo de nuestra existencia, la textura de nuestras vidas. Que el mundo siga así es la catástrofe a la que nos enfrentamos hoy, una catástrofe que solo podremos detener si ponemos fin al mundo que tanto se empeña en mantenerla.
Cada día que vivimos, lo hacemos siempre *in media res*, en medio de las cosas. A nuestras espaldas queda toda la historia, la acumulación de todo la belleza y lo horrible que ya ha ocurrido, y ante nosotros se extienden futuros aún no escritos ni conocidos, que con el tiempo también pasarán a formar parte del pasado. Pero ¿qué es este mundo en el que ahora nos encontramos situados? Por todas partes el mundo está en crisis. En el mejor de los casos, este mundo solo intenta ralentizar o mitigar superficialmente una desolación que, de forma constante, degrada y arruina cada detalle de nuestra existencia. Los científicos nos advierten que la crisis climática está borrando de la faz de la Tierra una especie tras otra, quienes se atreven a protestar se topan con las porras de los antidisturbios y con nubes tóxicas de gases lacrimógenos, y los multimillonarios de Silicon Valley anuncian que la inteligencia artificial pronto nos arrebatará todos nuestros empleos, seleccionará incontables objetivos para drones militares, y vigilará automáticamente cada calle y cada ciudad. Mientras tanto, los gobiernos se dividen entre una izquierda que solo aspira a gestionar y administrar indefinidamente esta miseria, y una derecha que pretende convertirla en un carnaval de crueldad, donde la captura y eliminación de los «indeseables» se transforma en un espectáculo para el disfrute de todos.
El presente, ese punto intermedio en el que nos encontramos, cobra así la forma de una trampa en la que estamos atrapados, una trampa en la que el futuro no se presenta sino como una versión cada vez más degradada y empobrecida del presente, arrastrándonos a todos hacia un abismo sin fin aparente. Por ello, debemos esforzarnos por hallar otra forma de relacionarnos con nuestra existencia, una que no dé por sentado que permaneceremos siempre atascados y paralizados en este mundo, con todas sus instituciones corruptas y sus economías desoladoras. En otras palabras, aunque tal vez siempre permanezcamos *in media res* en cierto sentido existencial, en medio de las cosas, también podemos buscar el camino hacia ser *in extrema res*, no quedar atrapados para siempre en el medio, sino lanzarnos a toda velocidad hacia el fin.
Comprendernos a nosotros mismos como quienes se acercan al fin de esta historia, en lugar de estar atrapados en ella, significa entender que nuestra tarea no es otra que poner fin a aquello que sostiene la miseria y la crueldad de este mundo, poner fin a la historia del capitalismo, del Estado, del colonialismo, y de Occidente. En otras palabras, debemos aceptar que, para que cualquier otra cosa pueda comenzar, es necesario el fin de un mundo que hoy es sinónimo exclusivamente de destrucción ambiental, seguridad invasiva, y militarización interminable, un mundo caracterizado por el enriquecimiento de minúsculas islas de lujo que solo garantizan el empobrecimiento acelerado de la existencia misma. Así, la destrucción se presenta como condición para la creación. Defender y luchar por la belleza y la dignidad de la vida exige, nada menos, que la demolición de un mundo que nos obliga a aceptar una jerarquía de la vida en la que lo blanco es superior a lo no blanco, el hombre a la mujer, el ser humano a la naturaleza, y el rico al pobre, una jerarquía que degrada la vida y toda la existencia bajo estos términos, condenándonos a vivir en una realidad profundamente herida y empobrecida, despojada de toda autonomía y significado. Como señaló Walter Benjamin: los «bárbaros» no destruyen por capricho, sino que reducen las cosas a escombros no por causa de los escombros, sino por el camino que conduce a través de ellos.
Desear poner fin a la historia en la que estamos atrapados exige abrazar un nihilismo feliz, uno que abandone con entusiasmo todos los valores de este mundo. Debemos renunciar a cualquier esperanza de que el Estado encuentre una salida a esta situación, o de que el mercado alcance un equilibrio optimizado y eficiente. En última instancia, tales esperanzas no son más que formas de seguir vinculados a aquello que debe ser desmantelado. Solo cuando hayamos abandonado por completo los valores e instituciones que sostienen este mundo y su historia, seremos finalmente libres para aferrarnos a nuestra existencia y a los demás bajo nuestros propios términos, dejando así de permitir que nuestras vidas sean determinadas por los intereses de los partidos políticos o los cálculos de las firmas financieras. Una vez que hayamos dejado atrás este mundo, nada nos impedirá construir uno nuevo, fundamentado en el valor incalculable de la vida y en el deseo de cuidar y cultivar la riqueza de nuestra existencia común.
Cada día, más y más personas se suman a revueltas contra el orden actual de las cosas, revueltas que empiezan a comprender que la única salida es seguir adelante hasta el fin de las cosas. Como era de esperar, los sindicatos y los partidos políticos se apresuran a reaccionar para recuperar la iniciativa, con el fin último de pacificar y domesticar aquello que ni siquiera alcanzan a comprender, y mucho menos a capturar. Pero, afortunadamente para nosotros, quienes siguen saliendo a las calles no hacen más que frustrar, una y otra vez, las esperanzas de estas instituciones, actúan de manera autónoma y sin concesiones, erigiéndose como una fuerza que quizá quede mejor descrita por un profesor de la universidad Sciences Po, quien señaló que algunas de estas revueltas han encontrado la forma de actuar como una orquesta que conoce tan bien la partitura que no necesita director.
Ante la perspectiva de la huelga general en España en noviembre, de nuevas revueltas estudiantiles en Francia y de la multiplicación de formas de rebelión similares por toda Europa y, ojalá, más allá, debemos encontrar la manera de liberarnos de un mundo que solo garantiza un mayor empobrecimiento, represión y degradación. Lo que hace falta, en definitiva, es una secuencia que rompa con la secuencia histórica actual, un desorden que quiebre el orden del presente. Necesitamos una temporalidad que no sea de continuidad, sino de ruptura, una ruptura irreversible que no deje ruta a un posible retorno a lo que existía antes. Por tanto, cualquier capitulación o negociación con el orden de este mundo debe entenderse y rechazarse como una forma de rendición ante el presente. Del mismo modo, cada acción debe emprenderse con el fin de acercarnos, de una u otra manera, al desenlace, aprovechando los repertorios y la intensidad de las revueltas para construir la posibilidad de acabar con todo aquello que hoy rige nuestras vidas.
Lo que está realmente en juego en la cuestión de romper con este mundo no es una nueva formación política que sea capaz de disputar o tomar el poder, y mucho menos una nueva forma de subjetividad política colectiva que sirva como principio organizador para una lucha renovada en el terreno del orden actual. Lo que se requiere, en cambio, es algo mucho más radical y profundo: una ruptura no solo con el capital y el Estado, sino con sus formas de vida, con sus maneras de habitar el mundo. O, como aclaró hace poco un amigo, debemos dejar atrás los viejos ciclos políticos para lanzarnos a un ciclo de lucha propiamente antropológico, alejarnos de todo aquello que ha llegado a definir de manera tan estricta lo que constituye nuestras vidas en este mundo, para así acceder a un tiempo en el que la práctica misma de vivir pueda desplegarse de forma autónoma, compartida y poética. La reinvención de la vida en una época en la que esta ha quedado agotada y sometida, la reinvención de nuestras formas de existir en una época en la que la existencia misma ha sido degradada y vaciada, la reinvención de nuestras maneras de relacionarnos entre nosotros y con la Tierra en una época donde todas nuestras relaciones se han reducido a formas de transacción y a oportunidades de dominación: este es el programa mínimo que hoy debemos tener el coraje de perseguir.
Si observamos con atención, ya podemos ver este movimiento colectivo hacia el fin desarrollándose a nuestro alrededor, surge como una autonomía que se cultiva en los lugares donde vivimos, como una capacidad creciente para dar forma a nuestra existencia. Surge también a través del fortalecimiento de nuestras amistades y relaciones, lo que implica, a su vez, el desarrollo de nuestras capacidades e intelectos, de nuestra valentía y nuestra fuerza. Y, en última instancia, surge en todas aquellas personas que ya no aceptan que este mundo y su historia sean el terreno sobre el cual debemos jugar, las condiciones a las que debemos resignarnos, ese lúgubre purgatorio al que todos hemos sido condenados a vivir y, finalmente, a morir. Por tanto, apartémonos de las súplicas desesperadas de los partidos políticos y de las estrategias desgastadas de los grandes sindicatos, alejémonos de las exigencias de mantenernos «razonables» en un mundo cuya «razón» solo ha traído sufrimiento y devastación continuos. En su lugar, propongámonos encontrarnos, al fin, los unos con los otros. Al emprender la tarea de provocar el fin de este mundo, el fin del mundo del capitalismo y de la policía, sigamos el ejemplo del poeta Aimé Césaire, quien hace casi un siglo planteó una pregunta que hoy sigue siendo igual de incendiaria: «¿Qué puedo hacer? / Hay que empezar por alguna parte. / ¿Empezar qué? / Lo único en el mundo que vale la pena empezar: / El fin del mundo, por supuesto».
